La Masacre de Arramberria

h4. Esta es la narración de los sucesos que iniciaron la cruel guerra de los 10 años entre Ocladum y Satlada desde el punto de vista de los mismos protagonistas: El principe Varkith; unico hijo de la Reina Takeshis de Satlada y por lo tanto es decendiente directo del Terrible Dios Shaal, Cutvert; El honorable Caballero de la Orden de Sephiroth, y finalmente Rebeca de Sardonia, hija de Alfonso, Conde de Arramberria. El final creo que ya todos lo saben, pero la descripción terminará cuando (Si Erü nos lo permite) termine el cuento aqui escrito

h4. Esta historia dió inicio a una partida corta que nunca terminamos y que si no desean terminar puedo poner las conclusiones en esta pagina

h4. Esta en Crecimiento

Adiós Dulcinea

(O el relato de los amantes de Arramberia)

1

Silencio. La blanca arena apenas calentaba su cuerpo. Ni las olas que llegaban a la costa, ni el suave volar de una gaviota alertaban al joven sentado en la roca junto a la rivera. Sobre el cielo, la luna acunaba los sueños en cuarto menguante, y las tenues estrellas apenas iluminaban aquel rostro albino, carente de sentimientos. Solo sus ojos, tan negros como la misma noche que lo vio nacer; brillaban como cristales bajo la lejana luz de la ciudad costera de Arramberria. Suavemente, sus mejillas se tornaron rojas y ligeros surcos de lágrimas corrieron por ellas. Se llevo las manos a la cara; el aire salado de la costa estaba haciendo mella en su nariz y labios, partiéndolos e irritando su delicada piel. En Satlada no había tanta sal en el mar. ¡Un ruido! El joven se sobresaltó al oír de repente pasos entre las rocas que bordeaban la costa Ocladiana. Se levantó, e instantáneamente llevó su mano a su estoque tirado en el suelo. Sus negros ojos miraron una figura frente a él. Sus ojos brillaron, sus pupilas se abrieron hasta ser capaces de ver a aquel ser que se acercaba directamente hacia donde se encontraba. Miró detenidamente: Los negros calzones de lino y las pulidas botas de cuero, el suave caminar por la arena, ahora casi imperceptible, su cabello negro sujeto en una coleta sobre la gran espada que colgaba de su espalda. Su rostro adjunto y moreno de larga barba negra de unos cuarenta años, sonrió al ver al joven, abriéndose la capa dispuesto a abrazarlo en cuanto estuviera cerca de él, dejando ver una blanca camisa de algodón de Azteck y un símbolo de plata colgado de su pecho, Un árbol cuyas raíces se alimentaban del sol, coronado por nueve estrellas y rodeado de un numero interminable de runas.

-¡Saludos, honorable capitán! Hace rato que no sabia de ti y vine a buscarte a la costa, donde siempre te vienes a meter cuando te pierdes.

El joven sin mediar palabra lo abrazó con fuerza, y sus salinas lágrimas rodaron por la negra capa del recién llegado. – Vamos, ¿Qué te ha pasado? Te ves como si Lord Hervert te hubiera atrapado jugando en su laboratorio y te hubiese dado un terrible regaño-

Ha sido peor, Cutvert, ha sido mucho peor Dijo el joven con una voz profunda pero elegante; melódica como la de un tenor.

Cutvert lo miro profundamente, vio sus ojos negros, ahora enrojecidos por el llanto y la irritación, miró su largo y lacio cabello blanco; observó sus delicadas facciones, su rostro anguloso, su barbilla partida y su larga nariz aguileña. Era un joven hermoso, pensó para sus adentros; pero lamentablemente era Satladiense, lo que hacia que todos los habitantes de este puerto lo rechazasen como si de la misma muerte se tratara. No importaba si usaba ropas lujosas y finas joyas; si llevase con orgullo su emblema de comandante de mar y tierra, o si demostrara gran habilidad mágica (cosa poca común en Ocladum) y una mayor a la hora de blandir la rapera o el estoque. Sin duda aquel llanto era provocado por el rechazo. Con cariño decidió llevarlo hacia el barco en el que partirían mañana; Su barco en el que era capitán, amo y señor de los mares. De repente, estremecimiento: Cutvert sintió una ligera punzada en su nuca, y con la velocidad del rayo giró precipitadamente, mientras que con su cuerpo cubría al joven capitán de una ráfaga de saetas que llovían desde unas rocas de gran tamaño en la costa. Simultáneamente, cerca de quince sombras se acercaban con antorchas y lo que el creyó eran espadas, mientras de las rocas otro tanto se disponían con ballestas hacia su persona. “Este trabajo esta hecho y de aquí no saldré” pensó Cutvert, mientras trataba con su mano diestra de tomar su espada. Sin embargo, una densa oscuridad comenzó a cubrirlo, un terrible sopor que lo llevaba a la inconsciencia, sus brazos flaquearon y sus labios solo murmuraron, “Varkith, resiste” cuando una de las sobras lo cogió de la larga coleta y con el pomo de su arma lo llevó de inmediato a un terrible sueño que no hacia sino comenzar.

2

Su recuerdo aun llenaba su mente y alma como si todo hubiera pasado en un instante más allá del tiempo. Hace tres meses que el barco mercante satladiense “La urna de Ossë” había arribado a los grises puertos de Arramberia y le había visto; galante caminado con paso seguro, dirigiendo a sus hombres y comerciando con las finas telas y bellas artesanías que su barco transportaba, altivo, con su piel pálida resplandeciendo de ves en cuando al pasar algún hermoso articulo de plata o de oro, sus ojos negros fijos en su labor diaria. Ella lo vio por primera vez en el puerto, desde la carroza en la que su padre y ella habían salido a pasear por las blancas y esbeltas calles de Arramberia. La carroza se había detenido unos minutos, mientras su padre; Don Alfonso de Sardonia, Conde de Arramberia, Grande de Ocladum y poderoso señor de la corte, se detenía a guiar unos negocios que le incumbían. Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron, sus ojos negros traspasaron los azules de ella, que, pudorosa cubrió su rostro con su fino abanico de nácar de Chen. Seguía su mirada clavada en él, veía como paso a paso se acercaba a su carroza, y de su mano una bella rosa de marfil se extendió hasta la de ella. Tímidamente la tomó, del primer hombre que tan audazmente se acercaba a ella, pues ni los nobles se atrevían a acercarse a la bella joya del Conde de Sardonia. De repente, la rosa brilló de oro destellante maravillándola como pocas veces en su vida. En ese instante, un fuerte ruido movió a la joven condesa de su estupor, pues el joven de negros ojos y blanco cabello había sido azotado contra el suelo por uno de los grandes guardias de su padre. Vio como su padre subía a la carroza, tomando molesto la fina rosa y quebrándola en la cara del capitán, se alejó mientras gruñía en sus adentros; pero para ella, aquel joven extraño, había calado en su corazón como nadie más lo haría.

Esa misma noche, mientras veía la luna reflejada en el mar de Ocladum desde el balcón de su palacio, apareció de repente, una sombra que se movía grácil entre los jardines del palacio y velozmente se dirigía hacia donde ella estaba. Sin sobresaltarse, vio como el joven capitán escalaba sin dificultad las altas paredes de su palacio, y de un salto se ponía junto a ella. Vio que en su mano una rosa idéntica a la primera brillaba ahora con un extraño tono plateado. El joven la colocó en el cabello de la joven condesa, y mirándola fijamente a los ojos dijo en un perfecto ocladiano: Sois la dama más hermosa que mis tristes ojos hayan visto desde el amanecer de mi vida, permitidme acompañarla esta noche con unos versos hermosos, pero que junto a la belleza de vuestra merced, no hacen mas que envidiad el suelo en que vos postras vuestros pies, y dar gloria al Elü de ser dignos de mostrase ante vuestra fina sabiduría La primera noche, donde la vida de ambos empezó a latir.

3

Un frío intenso golpeó su rostro. Le dolía terriblemente la espalda; los brazos torcidos en una posición antinatural ardían por las quemaduras y los cortes hechos a su piel; sus manos estaban encadenadas a una pared por pesados grilletes de acero.

Miró al frente, un enorme hombre sujetaba en sus manos una cubeta vacía. Su torso desnudo y su cara encapuchada solo podía significar una cosa en cualquier parte del inmenso mundo: El verdugo. Sintió un frió intenso correr por su nuca, apenas podía mirar más allá de unos cuantos palmos alrededor de el. Sentía los ojos hinchados y batallaba para poder respirar. Apenas podía recordar lo que había sucedido el día de ayer. Había ido como siempre a visitarla; aquella doncella fina como el más tierno lino que portaba en su barco. El simple murmurar su nombre era hechizo más grande que cualquier palabra mágica que conociera… “Rebeca” el simple sonido en su mente era suficiente para evocar los más tiernos recuerdos de su corazón, infundar su alma de energía, y exaltar los mas poderosos sentimientos y virtudes. Aún ahora reconfortaba su cuerpo, como si la gracia de Elros corriera por su cuerpo sanando sus heridas.

Recordó. Caminaba por las blancas escalinatas y plazas rodeadas de las cristalinas fuentes de Arramberia rumbo al palacio del Conde de Sardonia. Iba vestido elegante, su fino traje de ceda negra ribeteado de plata, el sombrero de ala ancha tocado con diamantes y la larga capa de terciopelo negro bordeado de oro. Llevaba una falquitrera de fina piel amarrado en su cinto, junto al largo y delicado estoque que siempre llevaba. Se detuvo. El inmenso palacio del Conde de Sardonia era imponente. Sin embargo; con paso decidido atravesó el largo portal y el camino bordeado de rosas que llevaba a la entrada principal del palacio, donde ella lo esperaba.

Un Golpe. Varkith despertó de su pequeño mundo de ensueño para regresar de la mano del fiero acero en su piel al infierno en que habitaba ahora. El verdugo comenzó suave, gozando cada roce, cada corte de su piel, cada flujo de sangre; como si fuese la primera ves que lo hacia. Golpeó con fuerza la espalda de Varkith, azotándolo con el flagelo desgarrador. Tomó entonces el vinagre mezclado alcohol y vaciándolo sobre las heridas del joven. Un grito agudo salió de la garganta mientras sentía el terrible dolor de la cauterización de sus heridas. Su pesadilla no hacia sino comenzar…

4 Cometieron un grave error al dejarlo ahi, tirado sobre la arena. Un Grave error que pronto van a pagar. Sin Curtvert, caballero de la espada de la orden de Sephiroth; se habia despertado por la brisa marina y se encontraba bañado de sangre. Sus atacantes lo habian dado por muerto y le habian arrebatado de todo objeto de valor. Su emblema de plata y su mandoble habian sido robados, pero aun conservaba su vida y para mala fortuna de los atacantes, tenia más habilidades de lo que puediesen esperar. levantandose rapidamente colocó su mano sobre sus aun sangrantes heridas y rezó: “Poderoso eres entre los poderosos, Gran creador del universo, cubreme con tu bendición, cierra mis heridas y devuelve la salud al más humilde de tus servidores” Una tenue luz blanquesina rodeó las heridas del caballero y apenas dejando unas tenues cicatrices las heridas se cerraron y el color volvió al rostro de Sir Cutvert. “Ahora es momento de rescatar a Varkith y darles a estos ocladianos una lección de buenas maneras” se dijo a si mismo Sir Cutvert y salio corriendo con rumbo desconocido.

5 Rebeca estaba extrañada. Varkith no solia atrasarse ni un solo minuto nunca, y ahora llevaba más de dos horas esperando que llegara. ¿acaso no iria hoy a cumplir su palabra? Apenas el día de ayer habia prometido que juntos se marcharian del puerto y dejarian Ocladum y todo su rigido sistema de vida. Varkith le habia contado grandes cosas del mundo, de los inmensas torres de Pernea y los verdes campos llenos de flores de Frac, de la asombrosa ciudad flotante de Zeal donde los magos vivian llenos de lujos; la magnificencia de los templos en Azteck y los hermosos pilares de luz en Rommena. Varkith habia ido a todos esos lados como marinero y habia tenido muchas aventuras en el mar. Era un gran hombre, alegre y muy simpatico, incluso podria decir que era guapo a su manera, pero tenia un gran problema, era de Satlada. A Rebeca como a todo el reino de Ocladum los satladienses les resultaban gente rara y un poco temible. Se decia que no todos en Satlada estaban vivos y que podias comerte a tu hermano si querias. Cuando por primera vez Varkith escuchó las historias de Rebeca se puso muy serio, más palido de lo que ya era. Rebeca creyó que lo habia insultado y que se iba a marchar rapidamente pero en le momento justo en que parecia que se iba a marchar, Varkith comenzó a reirse; esas risas puras y alegres que llenan un corazón bondadoso. Ella misma rió tambien, contagiada por el repentino entusiasmo de su amigo y se dio cuenta que juzgar a otros por chismes como esos no era correcto. Varkith entonces le platicó de los “palidos” que son seres como los hombres y los elfos, pero que por motivos más alla de la comprensión tienen necesidades diferentes, de la misma forma que un pez y un perro son diferentes. Sin embargo en Satlada a todos se les respeta por igual; incluso el consejero de la Reina es un “palido” ¡Que cosa tan curiosa! pensaba ella ahora que lo recordaba; En Ocladum se decia que el consejero de la reina no era más que un cadaver, pero en Ocladum todo eran apariencias y nadie respetaba verdaderamente a nadie. Por eso amaba a Varkith, él era bueno con todos, incluso con las plantas y los insectos. Pero hoy no habia aparecido, ¿Qué le habra pasado? y con mirada inocente observó las estrellas brillantes en el cielo.

6

La Masacre de Arramberria

Las Cronicas de Efestos Cuethendil